martes, 26 de mayo de 2015

Errores más frecuentes al introducir la perspectiva de género en las políticas públicas de empleo

A la hora de diseñar, desarrollar e implantar políticas de empleo es muy importante saber que errores más frecuentes se dan para tenerlos en cuenta, de cara a no volver a cometerlos. 

Se parte de la base que ninguna acción es neutra, y que toda acción o dejadez política tiene una repercusión directa entre las ciudadanas y los ciudadanos, y como ambos parten de situaciones y particularidades muy distintas, es obvio, que el impacto será también diferente. 

En el contexto de la crisis actual la precariedad laboral, desempleo e inestabilidad laboral están afectando con mayor intensidad a las mujeres y especialmente a los colectivos más vulnerables. Tener en cuenta sus condiciones reales en el mercado laboral es fundamental para proporcionar soluciones satisfactorias.

Si se imparte un curso de formación para hombres y mujeres en desempleo en horario de tarde, probablemente habrá un número mayor de mujeres que no puedan asistir porque desgraciadamente el peso de los cuidados recae fundamentalmente en ellas. Es una acción aparentemente neutra ofrecida para ambos sexos pero el hecho de realizarla por la tarde las pone en situación de desventaja, produciéndose un impacto discriminatorio para ellas. Es crucial entender estos impactos diferenciados para definir buenas políticas de empleo

Una cuestión tan sencilla como desglosar los datos necesarios por sexo, es crucial a la hora de recoger información relevante para desarrollar políticas con sensibilidad de género.

Contar con esta información desagregada por sexo nos permitirá determinar la brecha de género que necesitamos abordar. Realizar una interpretación con perspectiva de género, teniendo en cuenta la asignación de roles que la sociedad otorga a las mujeres hará entender por ejemplo qué ocurre en la tasa de actividad por edades. 

Por ejemplo, a partir de los 30-34 años, dicha tasa va decreciendo, ya que suele coincidir con la maternidad y su mayor implicación en los cuidados. De ahí que la introducción de índices cualitativos para comprender la realidad de las mujeres en el mercado laboral, sea necesaria.

Si se planifica en clave masculina automáticamente se incluye a las mujeres, es decir, se hace de los masculino la norma, identificándolo con lo humano en general, se cree que las mujeres quedan incluidas en las políticas, utilizando clasificaciones genéricas, y da lugar a un sesgo androcéntrico. Resultado de ello, es la creación de recursos utilizados fundamentalmente por los hombres y poco aprovechados por las mujeres, porque se ven limitadas sus oportunidades de acceso.

De igual manera en la redacción de los políticas públicas de empleo, se debe cuidar el lenguaje, ya que se abusa del genérico masculino, invisibilizando a las mujeres, e incluso utilizando expresiones que perpetúan los roles y estereotipos de género.

Los equipos de trabajo que están encargados de las políticas de empleo están formados exclusivamente o mayoritariamente por hombres y cuando incorporan a mujeres, se cree que por el mero hecho de contar con ellas, se da por sentado que se encuentran sensibilizadas con las cuestiones de género. Pero para ésto, es necesario que dispongan de una formación en igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

Del mismo modo, una organización que no incorpora internamente la perspectiva de género, difícilmente podrá realizar con éxito una política pública sensible a las desigualdades entre ambos sexos.

Considerar a las mujeres como un grupo homogéneo, sin tener en cuenta la diferencia entre ellas como edad, situación económica, cualificación, nivel cultural etc., es decir, que las mujeres tienen necesidades diferentes entre ellas, es un error frecuente en el diseño y puesta en marcha de políticas de empleo. No es lo mismo un plan de empleo para jóvenes universitarias que han finalizado recientemente sus estudios, que para mujeres de 45 años sin formación que han perdido su trabajo.

A veces no se trata de ni de diseñar ni de evaluar políticas específicas para las mujeres, sino de adaptar y modificar, desde una perspectiva de género, las ya existentes y las que se vayan a presentar en un futuro. De esta forma se evitarían duplicidades.

Es preciso destacar que aún nos encontramos en una etapa muy temprana en lo referido a la integración de la perspectiva de género como un elemento esencial de toda política, programa o proyecto. Este es un dato que deberían tener en cuenta los partidos políticos que accedan al gobierno, si realmente desean implantar políticas con sensibilidad de género.

Socióloga, dinamizadora empresarial y consultora de género

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